miércoles, 26 de agosto de 2009

DEL CAPITALISMO NEOLIBERAL AL NUEVO SOCIALISMO, PARTE III

Neoliberalismo y post-neoliberalismo

En esta parte creo conveniente apoyarme y tratar de enriquecer y matizar con valoraciones propias algunas ideas y conceptos claves expresados por el Vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, en ocasión del “Primer Encuentro de Pueblos y Estados por la Liberación de la Patria Grande”, en el 2007 en Sucre, Bolivia.

1) El neoliberalismo ha implicado la disgregación y fragmentación, de las redes y organizaciones sociales de apoyo, solidaridad y movilización de los pueblos. Y es preciso reconstruir esas redes y movimientos, teniendo presentes las transformaciones irreversibles operadas en viejos sujetos sociales y la aparición de nuevo actores.

2) El neoliberalismo se ha consolidado, privatizando todos, o gran parte, de los recursos públicos; transfiriendo al capital privado las riquezas colectivas (empresas del Estado, servicios públicos, fondos pensiones, puertos, aeropuertos, carreteras, tierra, boques, playas, minerales, agua…).

Esto exige desprivatizar la riqueza colectiva, devolviéndosela a sus verdaderos dueños.

Esto equivale concretamente a desprivatizar para socializar esos recursos, cuidándonos de no volver al estatismo centralista, cargado de prácticas clientelistas y burocracia ineficiente, corrompido y corruptor, que le sirvió de pretextos a las privatizaciones y se convirtió en una de las causas fundamentales tanto del fracaso del desarrollismo capitalista tipo keynesiano en nuestra América como del colapso del “socialismo real” que llevó la estatización y la burocratización del poder a grados superlativos.

Esta desprivatización, en dirección a la socialización, implica un alto grado re-nacionalización, recuperación de soberanía y autodeterminación, en la medida las privatizaciones han favorecido sobre todo al capital extranjero-transnacional.

3) El imperialismo se impuso achicando las funciones económicas y sociales del Estado, no así la represiva ni las que sirven de apoyo al gran capital privado. De un Estado bajo control del bloque capitalista-imperialista dominante y de una partidocracia, una claque de nuevos ricos y un generalato mafiosos.

Y esto demanda antes que nada sustituir ese Estado decadente. Producir, mediante procesos muy diversos y originales, la revolución política necesaria, el cambio de actores y sujetos sociales en los mecanismos de poder creados primero como contra-poder paralelo y luego como poder alternativa expresado también en una nueva institucionalidad y un nuevo Estado

A partir de esa ruptura política con lo viejo se requiere potenciar y reposicionar el Estado, porque solo con un Estado fuerte podemos presionar, negociar y obtener logros en un contexto internacional adverso, hegemonizado por los partidarios de la globalización y la recolonización neoliberal. Un estado fuerte en lo económico, fuerte en lo cultural, fuerte en lo militar –aliado a otros estados similares en nuestra América y en el mundo- le ofrece a los movimientos sociales y a las fuerzas del cambio revolucionario un escudo de protección.

Hablamos de reforzar el Estado, pero no en el sentido del viejo capitalismo de Estado o del fracasado y mal llamado “socialismo de Estado” (mas bien anticapitalismo de Estado, mezcla de la explotación del trabajo asalariado poder burocrático, incluido el poder decisorio sobre el excedente de la explotación y posicionamiento antiimperialista y anticapitalista).

Hablamos de potenciar y reposicionar un Estado permanentemente controlado y atravesado por la dinámica, las luchas e iniciativas de los movimientos sociales y de las fuerzas políticas revolucionarias, que deben mantener su autonomía, capacidad de presión y poder de decisión; evitando que el nuevo Estado se convierta en presa de de los administradores y gerentes o de los viejos y nuevos empresarios y de las nuevas modalidades de privatización; evitando que esas fuerzas sociales y políticas organizadas se fusionen con el Estado y desnaturalicen sus roles. Creando, en fin, poder desde la sociedad civil que posibilite control social popular y ciudadano de la gestión pública.

4) El neoliberalismo se ha implantado, desplegado y consolidado, expropiando la participación del pueblo, comercializando y privatizando la política y sus instrumentos (partidos, instituciones), reduciendo la democracia al acto ritual de depositar el voto cada cuatro, cinco o seis años; secuestrando las decisiones, arrebatándosela al votante, corrompiendo, posibilitando que un puñado de magnates y las corrompidas elites de los partido tradicionales, subordinadas al imperialismo, se roben la representación del pueblo y actúen por él.

Este aspecto, vinculado a todos los demás de manera sobresaliente (dado el peso del poder político-gubernamental-estatal), nos emplaza a combatir el neoliberalismo desplegando y potenciando múltiples maneras y formas de democracia, innovando en materia de participación del pueblo, control social, congestión y autogestión en todas los órdenes, exigiendo e imponiendo participación en las decisiones, en todo lo que sucede en el país, desde la inversión en los municipios, presupuestos de alcaldías, presupuestos de empresas y de gobierno, hasta las firmas de convenios internacionales, programas de cooperación, contratos empresariales y política exterior. Eso es poder popular, ciudadanía activa y consciente, contrapoder desde las bases y sectores medios de la sociedad capaz de derrotar el poder de la minoría y todas las modalidades de opresión y exclusión.

Esto implica nueva democracia, democracia participativa e integral, combinación de representación y democracia directa, despliegue de la democracia de base en barrios, campos, zonas obreras, empresas, escuelas, universidades, clubes culturales, sistemas de salud, educación, deportes…Democracia integral a favor de las clases y sectores explotados y excluidos, del género oprimido, de las razas discriminadas, de las generaciones subordinadas y afueriadas.

Y requiere de la creación del poder constituyente autónomo, de sucesivos procesos constituyentes que cambien las bases jurídicas sustantivas y abran paso a la nueva institucionalidad, a apoyado en la gestación del contrapoder y del poder social y político alternativo en gestación

Una línea programática, de acción popular y creación de nuevo poder de ese tipo posibilita – ya hay experiencias en esa dirección- desmontar en forma más o menos acelerada el modelo neoliberal y la vieja y decadente institucionalidad y abrirle espacio a la socialización progresiva, en función de prioridades, necesidades y posibilidades estimuladas por la voluntad transformadora de los/as actores/as revolucionarias. Significa –en caso de ponerse en marcha- un avance hacia la transición al socialismo, que requiere, claro está, de otras innovaciones, creaciones y transformaciones en todos los órdenes.

Esto tiende a dinamizar la sociedad post-neoliberal de esencia post-capitalista, creando las premisas para una socialización y un desarrollo de más alto vuelo de la economía, la política y la cultura.

Su dinámica ascendente no podría prescindir de una adecuada separación, complementación y armonía entre los movimientos sociales y demás fuerzas del cambio revolucionario, de una parte, y el nuevo Estado que se vaya configurando, de la otra.

Como el Estado es por sí centralizador de decisiones, se requiere de la autonomía de los movimientos sociales y las fuerzas político-sociales transformadoras que por definición implican expansión y descentralización de las decisiones.

El Estado es concentrador. El Estado, aun en rol transformador, como poder central tiende a separarse de la sociedad, y debe ser contrarrestado por las fuerzas que representan la socialización de las decisiones, la democracia verdadera, el contrapoder capaz de posibilitar el avance de la sociedad hacia el no poder.

Esa tensión, esa contradicción, habrá de estar presente en todo el proceso de consolidación de la sociedad post-neoliberal, en todo el curso de la transición al socialismo. Solo habrá de desaparecer cuando se logre extinguir el Estado y crear simultáneamente y a continuación una sociedad basada en la asociación de seres humanos plenamente libres, intensamente solidarios y emancipados de toda coerción y todo miedo. Seres humanos, mujeres y hombres, realmente nuevos, liberados de egoísmos, de individualismos infecundos, espiritualmente y socialmente destructivos.

La ética revolucionaria, profundamente humana y solidaria, que debe conducir a esa suprema meta estratégica, debe estar siempre presente a lo largo de ese proceso emancipatorio.

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