DIEGO TALAVERA Cuenta Josep Ramoneda en su ensayo Después de la pasión política (Taurus, 1999) que a mediados de los setenta oyó a Michel Foucault afirmar ante un selecto público formado por los restos de la militancia comunista-maoísta, estudiantes de diversa procedencia, profesionales ávidos de cultura y señoras vagantes de buena familia, con énfasis solemne: "Me pregunto no sólo si la revolución es posible sino también si es deseable". Como casi siempre la filosofía llegaba tarde: el periodo en el que la revolución política y social era el gran mito de la cultura de izquierdas había terminado.Hace ahora 20 años que se escenificó, con la caída del muro de Berlín, el final de la lucha de las clases populares en su intento de emanciparse del poder económico burgués. Todo comenzó en Francia con la llamada Revolución de febrero en 1848 y la Comuna de París en 1871, y acabó en el emblemático año de 1968, aunque no se materializó hasta noviembre de 1989. Este periodo de algo más de un siglo fue un tiempo de revoluciones, de guerras (dos de ellas mundiales) y de construcción de totalitarismos de distintos signos.
Poco faltó para que la democracia desapareciera de la faz de la tierra. La agitación que estalló en 1968 en Francia y se prolongó a otros países de modo espontáneo con gran protagonismo de los jóvenes, marca el principio del fin de este periodo en que la política se vivió como una pasión por el cumplimiento del destino racional de la humanidad.
Aquellas protestas en las calles de París, México, Roma, Londres o Washington eran antiamericanas pero también antisoviéticas. Dice Ramoneda que "con ellas (las protestas) empezó lo que un cursi posmoderno llamaría la deconstrucción del comunismo y la reforma del capitalismo, que demostraría una capacidad de adaptación infinitamente superior a la de su adversario". Y aunque el marxismo era una fuente de inspiración de los revolucionarios de la época, el 68 abre el proceso de liquidación del llamado comunismo real en todo el mundo.
Lo demás es historia conocida. En los países de Occidente, la práctica totalidad de los militantes comunistas emprendieron el camino de la democracia formal, a excepción de unos pocos radicales que apostaron por la vía sin futuro del terrorismo. Mientras tanto, los focos guerrilleros de América Latina posteriores a la fallida experiencia del Che Guevara en Bolivia acabaron en una mesa de negociaciones y en la convocatoria de elecciones libres.
El ex comandante guerrillero salvadoreño Joaquín Villalobos, hoy analista político residente en Londres, resumió con una lapidaria frase el fracaso de la insurrección armada: "Menos mal que no ganamos".
Mientras tanto, en los países del Este -sobre todo Polonia, la antigua Checoslovaquia y Hungría- la disidencia política y sindical se fue abriendo paso en el periodo de decadencia burocrática en la URSS de Brezhnev, hasta que la caída del muro de la vergüenza puso el punto y final de una era. Pero el comunismo ya había dejado de ser muchos años antes una ilusión para convertirse en un infierno.
Recuerdo la respuesta que nos dio un emblemático dirigente comunista canario cuando le comentamos a finales de los años sesenta las noticias que nos llegaban de la existencia de manicomios en la Unión Soviética donde internaban a los intelectuales disidentes. No pudo ser más claro: "Lo que están haciendo es lógico y acertado. Rusia es el paraíso de los trabajadores y el que no lo crea es que está loco. Y los locos, obviamente, tienen que estar en los manicomios". Qué jóvenes, ingenuos e indocumentados éramos entonces.
Lo que uno no ha terminado de comprender a lo largo de los últimos 20 años, tras los sucesos de Berlín y la posterior desaparición del mapa en una semana de la URSS, es cómo ni un solo general de cientos de medallas en el pecho, ni un solo ajedrecista vencedor de miles de torneos, ni un solo bailarín del Bolshoi, ni un solo héroe nacional del trabajo, ni un solo comisario político, ni un solo centinela de los campos de Siberia, ni un solo cosmonauta del espacio, ni un solo espía de la poderosa KGB, ni un solo almirante de la flota del Báltico, ni un solo catedrático de economía marxista, ni un solo campeón olímpico, ni un solo guardia rojo, ni un solo leninista, ni un solo poeta oficial, ni un solo miembro de las juventudes, ni un solo veterano de la defensa de Stalingrado, ¡ni un solo loco!, como dice el cubano Eliseo Alberto, defendiera con una hoz y un martillo las gloriosas conquistas de la Revolución de Octubre. Fue la última bofetada que recibieron los que un día creyeron, de buena fe, que era posible la utopía comunista.
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