La pregunta era de esas que nadie querría hacer:–¿Es cierto que me van a matar?
Preguntó la señora, aquella tarde de 1975, tras recibir la amenaza de la Triple A, a un militar que alguien le había presentado.
–No, ¿quién la va a querer matar a usted, señora?
Le contestó el oficial, pero las amenazas siguieron llegando. Entonces Mercedes Sosa empezó a cantar custodiada por militantes de variadas izquierdas.
–¿Y mientras cantabas qué pensabas?
–Nada, ahí no te podés imaginar nada, porque si te imaginás, con el miedo, no te sale la voz. Y lo mío es cantar, yo nunca quise callarme, por nada, por nada.
Yo no se lo había preguntado. Ella sola empezó a hablarme de esos años, cuando la mirada se le enturbió frente a un retrato de aquellos días. Mercedes Sosa tiene los ojos del conejo frente a la escopeta:
–Mirá cómo estoy en ese cuadro. Qué angustia que tenía, qué tremendo. Era cuando acababan de condenarme a muerte...
Me dijo, y empezó a contarme su historia política.
–Yo me afilié al Partido Comunista en el año ’64, ’65, y estuve hasta el ’86, ’87, que me desafilié porque siempre andaban cambiando la gente, decían que estaban locos... Entonces yo dije antes que digan que estoy loca yo me voy. Pero no fue por la caída del Muro de Berlín, o el comunismo en Rusia. Yo no sé si en Rusia yo hubiera sido comunista. Alguna gente me odiaba porque yo era comunista. Me acuerdo una vez en París que Paco Ibáñez llegó con una mujer medio borracha que me empezó a atacar por comunista, como si nosotros mandáramos a matar a la gente, algo así. Estaba borracha pero era una pelotuda: mirá si yo voy a mandar matar a alguien... Yo, que no mato ni a un pollo.
Mercedes Sosa empezó a cantar en una época en que era difícil ser artista o intelectual y no ser de izquierda.
–Yo nunca fui de estar en reuniones del partido, yo soy una cantante nada más. Era muy difícil ponerme el Lenín por delante: siempre he dicho lo que pensaba sin consultar a nadie. Ser comunista a veces se hacía muy difícil, te marginaban mucho. A veces te marginaba tu misma gente, la gente de izquierda. Los montoneros decían que yo no era revolucionaria. Y no. Revolucionaria de matar a la gente, no. Yo creo que las revoluciones son de mucha gente, no de unos pocos que tienen las armas.
Después del golpe las amenazas siguieron, pero Mercedes Sosa se resistía a dejar el país.
–Los militares no querían que yo cantara, yo era una molestia para ellos. Y entonces decían que yo era trotskista, y yo no era, no tenía conocimiento del trotskismo... Yo luchaba por no irme, yo sabía que la iba a pasar muy mal... Y aguanté como tres años.
Entonces vinieron los años del exilio, de aprender a ser otra, de arreglárselas sola en lugares que no conocía:
–Fue muy difícil, muy difícil. Mi compañero se acababa de morir, yo no sabía ni hacer un cheque, no sabía...
En esos años vivió en París, cantó, añoró:
–Las cartas, Martín, las cartas. Le escribía a gente que casi no la conocía, sólo para tener cartas, para que me escribieran cartas.
Mercedes extrañó. Cuando pasó unos días por Buenos Aires y nadie la saludaba por la calle, ya no la reconocían, la ignoraban. O cuando se dio cuenta de que Rusia, la patria del comunismo, no la invitaba a cantar.
–¿Y ahora seguís creyendo en algún tipo de revolución?
–¿Cómo no voy a seguir creyendo que hay que cambiar las cosas? ¿Cómo no vas a creerlo, si ves una mierda de villa miseria, esos niños que han nacido signados por la pobreza, por las desigualdades, por no tener escuelas, hospitales? Las cosas deben cambiar. Y alguien tiene que decirlo. Los de la Unicef me dan un pasaporte diplomático para que haga campaña a favor de los niños. Pero si piensan que yo no voy a hablar, mejor que no me lo den. Yo toda la vida he puesto el dedito en la llaga de los dolores de la gente.
Mercedes Sosa siempre habla muy intenso, con la mirada perdida en algún punto. Ahora que se acuerda del aborto se exalta:
–Yo sé que el aborto es tremendo. Después que tuve a mi hijo, el Fabián, tuve que hacer un aborto porque tenía una enfermedad. El dolor ahí abajo es tremendo, es como si hubieras parido pero encima te vas sin el hijo. Yo no me acuerdo que me haya dolido tanto cuando tuve a mi hijo. Te sentís una puta, y te tratan como a una bestia. Esos dolores me han golpeado, toda la vida.
Dice Mercedes Sosa, y llora. Se agarra con las manos el vientre, como quien se protege. Es difícil decirle nada, y es difícil callarse.
Mercedes Sosa tiene un vestido de algodón liviano, un collarcito de perlas, un anillo de brillantes y los anteojos de marco dorado. Está sentada en una silla de respaldo duro, muy derecha, para evitar los dolores de la espalda. Por momentos le cuesta moverse, levantarse, inclinarse, pero cuando habla irradia una especie de fuerza extraña, indescifrable:
–Claro que hay que hacer cambios, pero yo creo que los cambios en esta América nuestra, con tantas democracias falsas como hay...
–¿Por qué falsas?
–Falsas porque acá los amigos de los gobernantes se han hecho ricos, y la democracia es para que se reparta, para que todos vivan mejor, no para que unos se hagan ricos y los otros se mueran de pobreza.
Dice, y después se pone reflexiva:
–Es difícil hacer estos cambios, pero yo no creo que sea imposible. Lo que pasa es que hubo tantas mentiras desde el poder, tanta gente que metió la mano en la lata, que vivían en tres ambientes y se compraron un petit-hotel con pileta de natación...
Mercedes Sosa me cuenta que estuvo en Tucumán y que ahí sí la pobreza se ve en las calles, y que aunque hayan ganado una elección eso no significa que vaya a cambiar nada de un día para el otro. Yo le pregunto cómo le fue: pasó mucho tiempo sin volver a su provincia como protesta por la elección de Bussi.
–Yo tenía mis dudas. Aquella vez que hablé de la bronca que tenía con los tucumanos por haber votado a ese hijo de puta, estuve fuerte. Pero la gente me volvió a recibir con mucho amor...
Le pregunto si cuando era chica se le ocurría que podía llegar a ser lo que es.
–No, no, yo nunca... Yo siempre canté, pero nunca pensé que iba a ser artista. Yo pensé que iba a ser ama de casa, que cuando me casara no iba a cantar más. Para mejor mi papá en todas las fiestas familiares me quería hacer cantar, y yo lo odiaba por eso, pobre.
Ahora, con 64 años, llena de distinciones, le pregunto cómo usa el poder que consiguió.
–¿Qué poder tengo? Yo no tengo ningún poder. Mi único poder es llenar una cancha, trabajar con mis compañeros, que vivamos de esto.
Dice, y me cuenta que el año pasado, cuando su madre estuvo internada, Ramón Hernández la llamó para preguntarle cómo estaba todo y le pidió que esperara un rato porque el presidente quería hablar con ella.
–¿Cuánto?
–Veinte minutos.
–No, no puedo, porque me voy a la carpa de los docentes.
Dice Mercedes que le dijo, y que entonces Menem la llamó enseguida. Lo cuenta ahora y se ríe, y yo le digo que eso es una manera del poder. Pero ya estamos hablando de enfermedades, y Mercedes Sosa recuerda la suya: fue hace tres años, y se pasó muchos días en cama, muy débil, sin saber qué tenía. Sólo sabía que quería dormir, que se despertaba y se sentía mal, dolorida, y no quería despertarse: que había llegado al fondo.
–Un día le dije a María mire, no me traiga más nada. Y ella me preguntó por qué. No, porque ahora ya quiero morirme.
Dice, con la voz muy baja, y le pregunto cómo salió. Entonces me habla de un par de remedios, de una boliviana que le cantó, desde Oruro, unas mamitas que ella escuchó en la voz de un pájaro que llegó a su ventana, y de una pareja de palomos que se instaló bajo su balcón. Que la paloma la miraba con sus ojos rojos, que sabía que ella la cuidaba, que cuando tuvo sus palomitos se fue, porque la rama no alcanzaba para todos:
–Y me sentí muy triste cuando se fue, me dolió mucho. Pero ahí vi que había muchos pájaros, que antes yo no les hacía caso. Todo esto de las plantas, los pájaros lo descubrí cuando estuve por morirme: quizá antes no tenía esa sensibilidad. A mí el campo nunca me importó, yo era como Charly: no me banco las hormigas, por favor pasame el Raid.
Dice, y se ríe: es un cambio de clima.
Pero yo quiero saber si en esos momentos de enfermedad pensaba en Dios, y Mercedes me dice que sí, que cómo no pensar.
–¡Madre mía, cómo no pensar en Dios en ese momento! Tanta soledad, tanta soledad... Lo que la gente no sabe es que el enfermo está solo, aunque esté acompañado. Es tan duro... y el momento en que me pude levantar y bañarme, fue único, tan hermoso, que ahí uno dice gracias Dios mío, gracias...
Me cuenta de su necesidad de creer, de su madre tan católica, de cuando fue a llevarle flores a la virgen de Luján y a la del Valle, dice, y canta una canción al niño Jesús y todo se detiene, se suspende.
–Ahí me di cuenta de que yo nunca me fui del todo de Dios. Yo nunca tuve actitudes despectivas con la Iglesia... Algunos curas no me gustaban, algunos obispos: hay gente muy desagradable en la Iglesia. Pero cómo no vas a amar al obispo de Neuquén, a monseñor De Nevares, que luchó tanto por los obreros de allá. No se puede ser tan rígido en algunas cosas. En lo único que se debe ser rígido es en el comportamiento con los demás: no robar, no engañar a la gente...
–¿Y vos dirías que sos católica, ahora?
–No sé si católica; creo en Dios. No me preocupa no ser católica practicante, porque si fuera yo no te hablaría del aborto. Vos me preguntás si soy católica ahora, y yo te digo: ¿habré sido católica alguna vez? ¿O por qué dejé de ser católica? Quizá yo no fui, pero... he creído mucho más que ellos, porque he hecho más cosas que ellos contra las injusticias, contra las desigualdades.
Dice, y me dice que se nos hizo tarde, que ya ha
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