Hace ya algunos siglos, bajo el mandato de los Medici en Florencia y los Borja en Roma, Maquiavelo compareció en escena para advertirnos sobre el papel de la opinión pública. Nunca antes había existido. A partir de Maquiavelo se instaló como una fuerza real. Aquel funcionario florentino no se preguntaba en sus escritos por el poder, ni por su legitimidad, ni por el origen del Estado. Simplemente se interesaba por el orden y por los juegos geométricos para que el poderoso prevaleciera en palacio. La reputación del soberano se convirtió en un elemento sustancial. Testimoniaba la preocupación por el nuevo actor político que comenzaba a surgir: el «contrapoder» ciudadano (la ciudadanía no llegaría hasta el XVIII) al que había que sujetar.
Expuesto el Príncipe ante la opinión pública, la conclusión era inevitable: había que manejarla, engañarla, convencerla. La sabía manipulable. Desde que el diplomático italiano del Quinientos colocara al nuevo protagonista en el edificio político, el poder apenas ha variado su función: dirigir «la calle» ha sido el elemento central de la obra. La «alienación» ideológica (religiosa, no económica) de Marx no denunciaba otra cosa.
Hoy, cuando aquel germen que preocupaba a Maquiavelo se rebela –activado por los medios de comunicación o en convergencia con ellos, y el matiz es importante–, su rugido abate a los gobernantes. No hay «política comunicativa» –expandida por esa tupida red de gabinetes de prensa que florecen en las antesalas del poder– que pueda apaciguarlo. Recordaba Blanco ayer mismo que Nixon dimitió por mentir. No. Dimitió porque su «mentira» fue exhibida, implacable, en el escaparate social. Y con un vigor espeluznante.
El gran manifiesto del XX de la opinión pública fue el caso Nixon, como el que suscribió Zola lo fue en la agonía del XIX. Más allá de los cauces «soberanos», desde que aquel señor florentino la «fundara» y advirtiera sobre su destino, la opinión pública se cobró un Príncipe.
¿Quién la maneja hoy? ¿Los gobernantes? ¿Los medios que la forman o domestican? ¿Hay un plan en la dirección del PP para relevar a Camps o se desea estimular, desde esta acera, la maquinaria política para que el «simulacro» (Baudrillard) acabe afectando a la realidad? Rajoy contestó que era un invento.
En cualquier caso, tanto Camps como Rajoy –no digamos ya Ricardo Costa– son sujetos más o menos pacientes que experimentan la titánica fortaleza de la opinión pública. Cayó Costa, Camps se tambalea, Rajoy no logra escabullirse. La espiral de revelaciones del caso Gürtel –bajo la forma de informes policiales y sumarios homéricos– resulta imparable. Y discurre por los mismos canales que la erupción de conjeturas acerca de los futuros políticos de los implicados, sus alianzas de sujeción, los posibles sustitutos en cartel.
El resultado es un estallido inmenso que anula cualquier reacción, pero sobre todo constata que la capacidad de ser temido («más vale ser temido que amado») también ha sido fulminada. Como no se puede gobernar con el aliento de un tornado, que además ya ha dictado su adagio mortífero, quizás debería adaptar Camps la fábula de las abejas del moralista Mandeville, que asombró a la Inglaterra del setecientos. Una colmena donde las abejas se vuelven virtuosas, sobrias, austeras, caritativas. El caos. Porque, ¿además de adelantar las elecciones o dimitir, qué puede hacer?
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