sábado, 3 de octubre de 2009

Lee sin gafas, consulta su horóscopo, come y va al baño sola e incluso coge el teléfono

A pesar de que cada vez hay más centenarios, sigue siendo sorprendente superar la barrera de los cien, resulta asombroso llegar al filo de los 110, pero lo que realmente impresiona es hacerlo casi en plenas facultades.

Este es el caso de Ramona Rosa Martínez Casais, Rosa para todos, quien alcanzó los 109 el pasado mes de mayo. Parece mentira que, con esta edad, tenga tal grado de autonomía: va al baño sola, también come por sus propios medios, atiende el teléfono (aunque oye regular) y coge el recado y lee sin gafas. Especialmente, el horóscopo, explica su hija Amelia, la mayor, de 79 años (se le echan menos por la vitalidad que muestra), una de los tres que le quedan, aunque fueron seis.

Rosa vive en Celanova, de donde era su padre, pero nació en Olás (A Merca). Se hizo maestra y trabajó como tal hasta los 29 años. Lo dejó cuando se casó. Pocas personas podrán decir en España, incluso en el mundo, que dejaron de ser profesores hace 80 años. Al marido, de Arnoia, lo conoció precisamente en uno de sus destinos como docente, Quintela de Leirado.

Explica la hija que no le pesó dejar la carrera. «Eran otros tiempos», añade. Su padre era médico-cirujano, y por la profesión del marido, que trabajaba en el Banco Pastor (enviudó en 1968), pasó por O Carballiño, Caldas de Reis, Tui o Celanova, localidad en la que reside de manera constante desde hace diez años, aunque antes pasó una larga temporada en Madrid. De hecho, tanto ella como su hija se conocen al dedillo la carretera que enlaza con la capital de España. Amelia asegura que aquellos viajes le traen muchas anécdotas. La madre, por contra, nunca quiso aprender a conducir. «Ha tenido una vida feliz», apunta la primogénita.

Rosa siempre tuvo carácter, y mucha resistencia física. Puede que sean dos de las claves de la longevidad, porque en los genes no se encuentran demasiadas, salvo una hermana centenaria. O en ser muy religiosa, que todavía lo es. «Es muy devota y aún reza, o lo hacemos juntas, con el rosario. Y también ve la misa por televisión».

Cuenta todo esto recordando, con cierta ironía, aquel episodio de 1986, cuando un médico le advirtió que su salud pintaba mal, que tal vez le quedaba poco tiempo.

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