sábado, 31 de octubre de 2009

LO QUE SE DICE Y LO QUE NO SE DICE EL ABORTO

El sábado pasado hubo una manifestación en contra del aborto y a favor de la vida con gran éxito de asistencia y con el beneplácito de las autoridades religiosas. Pero tengo la impresión de que los manifestantes desconocen muchas verdades y mentiras sobre lo que defendían.

Una de las grandes mentiras que, de tanto repetirse, parecen convertirse en verdad es la unanimidad de la ciencia. Siempre que interesa, se utiliza a eminentes biólogos, neurólogos y médicos que apoyan las tesis del papado actual. Sin embargo, la opinión general de los científicos es diferente. Por ejemplo, la Organización Mundial de la Salud está preocupada porque "el 36% de las mujeres del mundo viven en países donde el aborto es ilegal o sólo se permite en casos específicos".

También, la OMS afirmó ya en 1988, en la conferencia de Bangkok, que no es ético negar a los adolescentes el acceso a los anticonceptivos y abortivos y que el consentimiento de los padres no debe ser requerido para obtener métodos reguladores de la fertilidad. Gracias a la ciencia, la cesárea es hoy una opción aceptable cuando el parto normal es imposible. Pero no hace mucho, algunos religiosos la consideraban obligatoria para salvar la vida del feto y se hacía sin asepsia y sin anestesia. La horrible muerte de la madre les importaba poco. También cuando, gracias a la ciencia, apareció la anestesia ordenaban el bíblico "parirás con dolor" y se oponían a usarla durante el parto. Hoy todavía afirman que el preservativo no debe usarse nunca, ni siquiera cuando un esposo está infectado del SIDA.

Algunos prohíben la masturbación incluso cuando un varón va a una clínica de fertilidad con una muestra de semen. Según la espantosamente ridícula ultraortodoxia católica, el semen sólo puede obtenerse tras un coito normal hecho con un preservativo "agujereado". ¡Es obligatorio dar una oportunidad a la procreación…!

Pero la verdad es que dentro de la misma Iglesia, la opinión nunca fue unánime. Siguiendo a Aristóteles, Tomás de Aquino, el Santo Doctor Iluminado, hablaba de tres almas, vegetativa, animal y humana que se instauraban sucesivamente en el embrión humano. El alma humana sólo aparecía después de cuarenta días de la fecundación. En el siglo XV, Antonino, el arzobispo de Florencia, estaba a favor de los abortos tempranos si convenía a la salud de la madre, afirmación que se convirtió en la enseñanza común de la Iglesia de entonces.

El Vaticano no lo criticó e incluso lo canonizó, con lo que debe ser considerado como modelo de virtudes para los católicos.

La posición actual de la Iglesia es moderna. Apareció en 1930, con la encíclica de Pío XI, Casti Connubii, según la cual la anticoncepción, la esterilización y el aborto son un atentado contra la naturaleza y la vida (curiosamente, la esterilización, al parecer, es peor que el aborto).

Hoy, este mensaje utraconservador se defiende desde las Naciones Unidas, donde la única religión que tiene asiento organiza la planificación familiar de todo el mundo (no sólo de sus fieles) de la forma más restrictiva. Estados que no tienen ningún problema de población (en el Vaticano, ni siquiera hay nacimientos) hacen todo lo posible para evitar que el mundo tome decisiones sensatas sobre la planificación familiar.

En conclusión, la actitud católica sobre el aborto nunca fue unánime. Hoy mismo, muchos religiosos consideran que la anticoncepción y el aborto no sólo son permisibles, sino que muchas veces son moralmente obligatorios. Además de prevenir infecciones, la planificación familiar es tan esencial para la vida humana como la razón. El crecimiento desorbitado es la causa del hambre, las enfermedades y la destrucción medioambiental.

Pero a pesar de la amplia tradición y las numerosas voces permisivas, la mayoría de los católicos sólo conocen la doctrina oficial. Sin embargo, dada la divergencia de opiniones y la ausencia de una tradición clara y continua, una declaración inequívoca debería ser imposible y ni los pronunciamientos pontificios ni las leyes canónicas que prohíben la práctica del aborto deberían considerarse obligatorios.

Si la Iglesia de hoy fuera consecuente, debería excomulgar a Santo Tomás de Aquino, a San Antonino y a muchos más. Sin ir tan lejos, cuando en 1968 Pablo VI reafirmó que toda anticoncepción mecánica o química era pecaminosa, los obispos de catorce países estuvieron en desacuerdo y dijeron a sus fieles que no serían pecadores si desobedecían la doctrina papal; una obligación dudosa no puede ser impuesta (Ubi dubium ibi libertas, donde hay dudas hay libertad). Repetir irreflexivamente las posturas más extremas del Vaticano, como hicieron los manifestantes del sábado, no ayuda a la iglesia católica, pero sobre todo no ayuda al mundo.

En la oposición, la mayoría de científicos y también muchos teólogos, generalmente silenciados, creen que la defensa a ultranza de la fertilidad incontrolada hace poco por el bien de la humanidad y, por supuesto, está en contra de la tradición católica.

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