Los Nobel se han apuntado a la obamamanía, no vaya a ser que quedaran "out" de la moda planetariaComo mínimo, precipitado. A pesar de que el Nobel de la Paz es el más desprestigiado de los Nobel –lo tiene hasta Yasir Arafat–, aún mantiene su potencial simbólico. Por ello cabe pensar que no es el premio para un presidente que empieza su mandato, que tiene tropas en distintos conflictos, y que puede cometer tantos aciertos, como atropellos, no en vano no es lo mismo ser un líder populista en campaña, que el presidente de un decisivo país. Hasta ahora sólo sabemos de Obama que sabe vender el pescado con la oratoria precisa para cada pescador, y que en este mundo hambriento de horizontes, la compra ha sido masiva. Y así, en un trueque mágico, Obama se ha convertido en un talismán salvador, que tanto sirve para recuperar la autoestima europea, como levantar a África de sus cenizas, o tender puentes con el islam menos proclive a los cantos occidentales. En el catálogo de la buena esperanza, parece que Obama tiene todas las soluciones.
Lo cierto es que todo ello es mentira. África se muere, abandonada y diezmada por todos, y sólo acogida por potencias como China o Irán, que les montan fábricas de armamentos, o les exportan ideologías fanáticas. En la vieja Europa, Obama será amado el tiempo preciso para empezar a ser odiado, no en vano el antiamericanismo conforma la identidad europea, casi tanto como el antisemitismo. Y respecto al islam, Obama parece un diletante que intenta ser simpático, más que un líder con una estrategia clara. Su abandono, por ejemplo, de la causa de las mujeres islámicas es altamente premonitorio. ¿Pondrá en peligro los intereses del petrodólar con un mensaje inequívoco contra el fanatismo religioso de las dictaduras de la zona? Para nada.
Y si añadimos su despiste respecto al tema iraní, la cuestión se complica. Finalmente, Obama no parece tener estrategia para un mundo multidisciplinar, donde India, Rusia o China tienen tanto que decir, como los mismos EE.UU. Dar el Nobel de la Paz a un líder que empieza, y cuyo máximo mérito es su retórica grandilocuente, resulta arriesgado. Más bien parece que los Nobel se han apuntado a la obamamanía con la misma celeridad que la mayoría, no vaya a ser que quedaran out de la moda planetaria.
En esas mismas está Zapatero que, silbado en los desfiles, caído en las encuestas y desprestigiado en los foros económicos, busca en Obama el talismán perdido. ¿Será Obama ese talismán, ahora que la foto evitará los devaneos góticos? No lo creo, porque la popularidad no se pega por mucho que se arrime. Y Zapatero tiene algo más que un problema de desprestigio internacional. Tiene un problema de caída libre en casa. Obama puede ofrecerle una foto, pero no es la medalla del amor. Y si algo está claro en su propio país, es que ayer lo amábamos más que hoy, y hoy aún más que mañana. ¿Un talismán de Obama, pues? Lo que necesita Zapatero es un milagro.
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