Quienes con sobrada preocupación e interés hemos inquirido acerca de cuáles serían las prioridades de Barack Obama en política exterior, más allá de lo que le compete resolver en la conflictiva región de Oriente Medio, ya tenemos la respuesta ahora que realiza su viaje por Asia. Nadie consideraba una sorpresa que Japón y China serían para Washington dos actores clave y con los cuales se tendría que alcanzar un régimen especial, incluso excepcional, de negociación, alrededor de los temas de comercio mundial, cambio climático, régimen democrático, proliferación nuclear y derechos humanos. China ha comprado sin parar bonos del Tesoro estadunidense y ha desplazado a Japón como el primer acreedor de EU; por lo mismo, se han convertido en el primero y el segundo prestamistas estadunidenses, y guardianes cercanos y atentos a la estabilidad económica y financiera de EU. No es de sorprender que, en la agenda real de Washington, sea esta región, y en particular China, la que pesa considerablemente en las preocupaciones geopolíticas de ese país. ¿Los generosos guiños de Obama son parte del inicio de un arriesgado reconocimiento de los aliados occidentales de China como gran potencia? Todo parece indicar que, inevitablemente, sí. Si de China depende el bienestar económico de los estadunidenses, ¿por qué no también el del resto de los países socios? Obama lo dijo así desde Japón: “Estados Unidos no pretende contener a China… el ascenso de una próspera China puede ser fuente de fuerza para la comunidad internacional. EU se aproxima con la mirada puesta en nuestros intereses. Y precisamente por esa razón es importante conseguir una cooperación pragmática con China”.
Que nadie se llame a engaño: tanto en Tokio como en Shanghai y Pekín hemos visto en Obama a un líder maquiavélico como nunca antes desde los tiempos de Clinton o de la dupla Nixon-Kissinger; la real politik de nuevo en su apogeo. ¿Asistimos a una reedición de los tiempos de la ostopolitik, ahora con China? ¿Se estaría acuñando así, la obamapolitik, en que la negociación internacional entre los bloques y los poderes del mundo se sitúe en una dimensión desconocida, a través de la cual, en un ejercicio de acordada convergencia, Washington logre, con la ayuda de China, su reposicionamiento político y económico como gran potencia global, todo lo cual incluiría, sorprendentemente, un pacto militar? De nuevo un sí aparece en el horizonte de la política internacional como respuesta. Su reciente alianza con Moscú, a partir del desmantelamiento del escudo antimisiles de Bush en Europa del Este, a cambio de su apoyo frente a Irán, es una prueba más de los alcances de Obama.
Fascinante y brillante, pero también muy desafiante y arriesgado. En este ejercicio, EU confronta seguridad nacional y derechos humanos. Una, tan cara para Washington (al parecer también ya aseguró el apoyo de Pekín en Irán), como los segundos, de cuidado para China y, en consecuencia, de graves implicaciones hacia todo el mundo (no se diga para los chinos perseguidos que lo sufren en carne propia).
Y tampoco se diga la omisión del Tíbet y Taiwán, los dos casos que más urticaria causan al régimen de Pekín. Este es ciertamente el paso más arriesgado que Obama da en política global hasta el momento, aunque también el más realista; y aunque merece respeto, habrá que ver qué tan respetable y viable se vuelve en el curso de los meses por venir y qué tanto lo capitaliza frente a su público. Sobre todo ahora que se anunció ex ante por Washington y Pekín la capitulación ante la cumbre del clima en Copenhague (por cierto, el Congreso no apoyó la legislación energética compatible con la agenda danesa), tendencia que seguirán Indonesia (tercer gran contaminante), Brasil, India y México, entre otros.
Ante este panorama de compleja arquitectura del poder mundial, bien vale la pena la inquietante pregunta: ¿América Latina importa? ¿Figuramos acaso en el radar de Washington?
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