
Los muros a la honestidad.
- La relativización de los valores como una secuela de códigos ideológicos revisados o de nuevo corte que pretenden validar conductas ligeras muchas veces ajenas, bajo pretextos construidos con intención por personas o grupos. La relación con el poder de esta suerte de desvalorización se viene convirtiendo en su sustento, necesario para la despersonalización y luego dominación de la persona. Todo vale y vale más si va en el sentido que promueven los grupos de poder. La justicia solo es justa si favorece a estos grupos; no tiene dos vías, mucho menos imparcialidad..
- Sustitución de los valores desde la persona misma primero y luego trasladado a la escuela y la sociedad, basados en supuestas “necesidades vitales”: trabajo, salud, dinero, éxito. Finalmente pocas veces se consigue permanencia en lo que persigue porque hay confusión de los límites y confrontación ineludible. Miento para conservar el trabajo, engaño para conseguir dinero, compro éxito. Ser honesto va siendo un estorbo. Vivir sin compromisos es casi una meta.
- Los excesos en la conducta reprochable de determinadas personas y grupos que gozan de impunidad que ante la Ley convertida está en Historia Antigua. Ya sin ataduras, lo “justo” lo define cada cual anárquicamente a su nivel social y a conveniencia. No hay nadie más en sintonía con este fenómeno que las estructuras de poder (cualquier Poder). Se va creando conciencia y arquetipos que potencializan el concepto de lo impune, de “que se pueden violar las leyes y traicionar los compromisos sin que ocurra nada”. De esa manera la verdad es relativa y la razón no es fuerza sino se fuerza la razón.
- El constante éxito de los “vivianes”, los incapaces, los mentirosos, los oportunistas que hacen parecer tontas, desfasadas, o ingenuas, a las personas se esfuerzan por cumplir sus obligaciones en cualquier ámbito de la vida, en ser honestas, honradas y responsables, pues trabajan más y consiguen menos que aquellas que viven de la trampa, el engaño y la mentira.
- La doblez en el pensar, decir y actuar como fórmula aprendida para existir. Desde la casa, de pequeño, se enseña, luego en la escuela se fortalece y más tarde en el trabajo se hace hábito la doblez y se convierte en herramienta para la vida. Tenga sólo como una prueba el número de declarados “creyentes” de todas las denominaciones; suficientes si se viviera con coherencia entre el discurso, la doctrina y profesión de fe con el actuar del día a día, si la honestidad siquiera con el supremo fuera practicada. El resultado se haría notar. “Firmar me harás, cumplir jamás” se ha tornado premisa habitual del hombre y la mujer “sabios”
- Por último, no porque se nos acaban los muros, la sociedad mira incrédula la práctica de la honestidad. Vemos una actitud valiente, honesta, digna en una persona, y nos preguntamos qué habrá detrás. También afirmamos, ¡ya verás a éste cuando le chime el zapato!. Hay falta total de estímulos y reconocimientos a todos los niveles de la sociedad a quienes “cumplen con su deber y defienden sus principios y convicciones a pesar de las dificultades que esto les pueda acarrear”; son mirados como seres extraterrestres y ni siquiera, por no destacar nuestros propios defectos e incapacidades, ni siquiera damos una palmadita en el hombro de premio.
Tan sencillo que sería derribar esos muros porque se sustentan desde dentro de nosotros mismos. Confieso que nunca como hoy tuve tan a la mano algo más sencillo y diáfano sobre el significado de Honestidad y por supuesto se los paso: “La honestidad es una cualidad humana que consiste en comportarse y expresarse con coherencia y sinceridad, y de acuerdo con los valores de verdad y justicia. En su sentido más evidente, la honestidad puede entenderse como el simple respeto a la verdad en relación con el mundo, los hechos y las personas; en otros sentidos, la honestidad también implica la relación entre el sujeto y los demás, y del sujeto consigo mismo”. Entonces, La Honestidad…¡pásala!
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