Hablar sobre la Iglesia resulta habitual. Y es fascinante. Desde todos los ángulos y todas las tendencias y en todos los tonos se habla de la Iglesia, católicos o no, con la tranquila certeza de que se está hablando de algo que se conoce muy bien. Con amor y dolorosa fidelidad, con indiferencia y sorna, con desprecio y resentimiento, a veces pareciera que con odio, se habla de la Iglesia. De la Iglesia parece que conocemos todo, que lo sabemos todo y lo comprendemos todo.Tal vez esto responde al hecho de que la Iglesia nos interesa y la sentimos como un ente cuya influencia rebasa sus propias fronteras. Además, todos queremos una Iglesia que responda a nuestro particular gusto. Pareciera, a veces, que se trata del “último muro” que debemos derribar. Mire usted: nada menos que la CDH de la UE, con sede en Estrasburgo, ha declarado «incompatible con la libertad religiosa, los Crucifijos en las escuelas»; dicha comisión detonó la guerra en Italia. Resulta que la imagen que nos recuerda el amor de Cristo por el hombre, es un atentado contra los derechos del hombre.
Las instituciones y los aparatos eclesiásticos son sin duda objeto de una crítica radical como jamás existió, pero también absorben la atención general con una exclusividad más acentuada que antes, de tal manera que para muchos la Iglesia queda reducida a esa entidad institucional. La pregunta sobre la Iglesia se plantea, en el mejor de los casos, en términos de organización. No se quiere que un mecanismo tan bien montado quede infructuoso, pero se le encuentra, desde muchos puntos de vista, inadecuado para conseguir los objetivos que se le asignan. Hay algunos que piensan, incluso, imponerle una organización de tipo empresarial para optimizar la obtención de recursos económicos, –¡hágame el grandísimo favor!–, para lo cual se pone como referencia a ciertos grupos religiosos emergentes, que han tenido gran éxito económico.
El conocimiento que se tiene sobre la Iglesia es muy elemental porque es desde el exterior. En la homilía, en San Patricio, Nueva York, B. XVI, aludiendo al arte gótico y a los hermosos vitrales que adornan la Catedral, decía que esos vitrales, vistos desde fuera, se ven opacos y sucios, pero vistos desde dentro, cuando los atraviesa la luz del sol, esos mismos vitrales adquieren vida, revelan su belleza y su misterio, las imágenes secuenciales se perfilan y sus mensajes afloran; de la misma manera, decía el Papa, la Iglesia, desde fuera, puede parecernos inapropiada, desfigurada, fuera del tiempo, de momento, de circunstancia, pero, entrando a ella, comprometiéndonos en la sencilla labor de cada día, que la Iglesia desempeña a favor del hombre, y en especial de los más necesitados, de las familias, de los jóvenes y los niños, de los que sufren, entonces, la Iglesia adquiere toda su belleza y se torna comprensible, bella, atractiva. Es el testimonio de muchos que se deciden a participar. Se verá que no es sólo esa monolítica estructura milenaria. La pregunta, pues, “¿qué hace la Iglesia?”, cambia a primera persona de plural: ¿Qué hacemos, nosotros, todos los que formamos la Iglesia? Si la conozco de lejos, si no participo, ¿de qué hablo?
No podemos ignorar un error de perspectiva. Antes de preguntarnos sobre lo que la Iglesia “hace”, hay una cuestión previa que determina todo lo demás: ¿Qué es la Iglesia? El ser es anterior al hacer. La perspectiva contemporánea ha determinado nuestra mirada sobre la Iglesia, de tal modo que hoy prácticamente sólo vemos la Iglesia desde el punto de vista de la eficacia y la eficiencia, preocupados por descubrir qué es lo que podemos hacer con ella y qué es lo que ella puede hacer y cómo ella puede servirnos.
Según éstos, el único criterio para juzgar la Iglesia, es la eficiencia. Traicionados por nuestra propia cultura, deseamos reducir a la estadística, incluso, la acción misteriosa de la gracia divina en cada alma. Para nosotros, hoy, la Iglesia no es más que una organización que se puede transformar, manipular y adecuar, y nuestro gran problema es el de determinar cuáles son los cambios que la hagan «más eficaz» para los objetivos que cada uno se propone. Entonces resulta imposible comprender la naturaleza de la Iglesia, su misión y su destino.
En 1926, el Obispo luterano de Berlín, escribió un libro con el llamativo título de «El siglo de la Iglesia», señalando con una extraña visión profética, que el pensamiento religioso dominante del siglo XX sería el concepto de Iglesia. Y lo fue. Y lo sigue siendo. Y es que sin el concepto de Iglesia, el cristianismo se atomiza, se dispersa, queda reducido a tantas formas de expresión “cristianas” cuantas cabezas haya. Sin Cristo la Iglesia no existiría, sin la Iglesia, Cristo sería un acontecimiento a dos mil años de distancia sin contacto con nosotros.
La Iglesia es el vehículo, el medio, mediante el cual Cristo ha querido perpetuar su acción salvadora a lo largo de la historia y a lo ancho de la geografía. Para ello la fundó. De tal manera, que no podemos decir sí a Cristo y no a la Iglesia (Pablo VI).
Bellas palabras del Concilio Vaticano II, sobre la Iglesia: «Cristo es la luz de los pueblos. Por ello, este Concilio, reunido en el Espíritu Santo, desea ardientemente iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16,15), con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia. Y porque la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano, ella se propone presentar a sus fieles y a todo el mundo con mayor precisión su naturaleza y su misión universal.
Las condiciones de nuestra época hacen más urgente este deber de la Iglesia, a saber, el que todos los hombres, que hoy están más íntimamente unidos por múltiples vínculos sociales, técnicos y culturales, consigan también la unidad completa en Cristo». La razón de ser de la Iglesia, su naturaleza más profunda, consiste en anunciar el Evangelio. Y cada bautizado es miembro de la Iglesia y partícipe de la misión de Cristo.
Tal es la naturaleza y misión de la Iglesia, y no otra. Además, ella tiene su origen en la voluntad salvífica de Dios, realizada en Cristo; no es el resultado del instinto gregario del hombre, ni de la voluntad de asociación natural, es, esencialmente, elección, llamado, vocación: “Dios nos ha llamado, en Cristo, para formar parte de su pueblo santo”. Si no la entendemos así, hablamos lenguajes diferentes.
Claro, la Iglesia tiene necesidad de revisarse continuamente; el mismo Concilio habla de la Iglesia «semper reformanda», es decir, de la Iglesia que tiene una permanente necesidad de reforma. Pero reforma, en su sentido original, es un proceso espiritual, totalmente cercano al cambio de vida y a la conversión, que entra de lleno en el corazón del fenómeno cristiano: sólo a través de la conversión se llega a ser cristiano; esto vale tanto para la vida particular de cada uno, como para la historia de toda la Iglesia.
Sepámoslo o no, tenemos necesidad de la Iglesia. El entonces profesor en Ratisbona, J. Ratzinger, decía en una conferencia: “Yo pertenezco a la Iglesia, porque solamente (el contenido de) la fe de la Iglesia salva al hombre. Puede parecer una frase muy tradicional, dogmática e irreal, pero en cambio es totalmente objetiva y realista. En nuestro mundo lleno de inhibiciones y de frustraciones, de insatisfacciones y desequilibrios, el deseo de salvación ha reaparecido en toda su primordial vehemencia. Los esfuerzos de Freud y de C.G. Jung no son otra cosa que intentos de salvar a quienes se sienten irredentos.
Partiendo de otras premisas, Marcuse, Th. W. Adorno, Habermas, continúan a su modo buscando y anunciando la salvación. También el problema de Marx es en el fondo, un problema de salvación. Cuanto más libre, clarificado y poderoso se hace el hombre, tanto más le atormenta el deseo de salvación y tanto más esclavizado se encontrará. Marx, Freud, Marcuse o Fromm, tienen todos en común la búsqueda de la salvación, la aspiración hacia un mundo sin dolor, sin enfermedad ni miseria”. La Iglesia tiene la respuesta a esta inmensa interrogante del hombre, en cuanto es depositaria de la última Palabra que Dios ha pronunciado sobre nuestra historia.
Para realizar su cometido, la Iglesia no tiene poder coercitivo; al momento de hacer su propuesta, la Iglesia no posee ni policías ni ejércitos ni parlamentos. La Iglesia no puede más que proponer la alternativa última y definitiva que Dios ha dado al mundo en Cristo Señor. No es dueña, es servidora del evangelio, y su gloria y corona es anunciarlo con la más grande fidelidad posible. Fiel al hombre y fiel a Dios, tal es la consigna.
Desde esa originalidad, la Iglesia está presente, como ninguna otra institución, en medio de la sociedad. No tenemos estadísticas, y ni siquiera sé si sean oportunas y posibles, o no. Ciertamente deberíamos tener algunos puntos de referencia para afinar nuestro trabajo. De modo estimativo, y reduciéndose a nuestra Ciudad, yo daría los siguientes datos: semanalmente podemos tener en nuestras Iglesias, principalmente debido a las Eucaristías y a otras reuniones de oración y estudio, un mínimo de 400 mil personas; creo, igualmente, que no menos de unos 20 mil jóvenes giran en torno a nuestras Iglesias en los distintos grupos de trabajo, incluyendo las confirmaciones.
Creo también que, por concepto de los sacramentos de la iniciación cristiana, bautismo, confirmación, primera comunión, y sumando los matrimonios, las quinceañeras, y las misas de difuntos (ahora a la alza), tomamos contacto directo con no menos de unas 500 mil personas, al año. La audiencia de una misa televisiva generada en nuestra ciudad con nuestros propios recursos humanos, según la empresa que la propicia, tiene una audiencia que, aceptando la mitad de lo que se me informa, no baja de 500 mil personas. Entonces la Iglesia está presente. Súmese a todo esto la inmensa obra de caridad a través de las distintas instituciones de caridad que se dispensa en instituciones para niños, ancianos, para jóvenes, en ayudas directas a los más necesitados, entonces, el trabajo de la Iglesia no es cualquier cosa.
Tal vez la sensación de una falta de liderazgo se perciba en el hecho de que la Iglesia tiene también una misión profética, es decir, la misión del anuncio pero también la misión de la denuncia. Tal vez extrañemos una voz más concreta, más poderosa, que denuncie en nuestro medio las injusticias y las desigualdades y un camino de acompañamiento con los más necesitados y los más pobres. Sin embargo, este punto no falta en la Iglesia.
El documento del Sínodo de la Iglesia Africana, recién terminado, ha abordado la descomunal problemática de ese continente, denunciando las flagrantes injusticias del neocolonialismo, la voracidad del capitalismo occidental, las injusticias, la explotación, la mentira, la suerte de las mujeres y los niños, la migración, la corrupción de los políticos y la humillación de todo un continente. Lo mismo han hecho los obispos latinoamericanos en repetidas ocasiones. Tal vez lo que nos haga falta es bajar a nuestro propio terreno toda esa experiencia, esas voces, y entonces el pueblo se sentiría comprendido y acompañado. No hay institución que haya denunciado con tal fuerza, valentía y claridad, las injusticias de nuestra época, como lo ha hecho la Iglesia.
Las multitudes que reciben al Papa en cualquiera de sus viajes, es el reconocimiento a un liderazgo, independiente, claro y valiente. Pero parece que esto no tiene eco en los medios. Como nadie, B. XVI, ha denunciado el veneno que atosiga nuestra cultura y amenaza destruir nuestro mundo; nadie ha denunciado el mal insito en nuestra civilización, como los Papas del s. XX.
Anticatolicismo. Para nadie es un secreto el sentimiento anticatólico que priva en nuestra cultura, en nuestro entorno. Quiero citar un ejemplo que me ha parecido interesante y llamativo. Se trata de una realidad innegable con mayor o menor fuerza presente por todas partes. El recién nombrado Arzobispo de N. York, Timothy M. Dolan, ha creado un nuevo blog con el título “The Gospel in the Digital Age” para tener voz y presencia en la comunidad, ya que el N.Y.
Times le ha cerrado las puertas. Traigo a colación este hecho porque es sumamente ilustrativo y significativo; nos preguntamos sobre lo que la Iglesia hace y no nos preguntamos cómo ayudamos para que la Iglesia haga lo que tiene que hacer. El Arzobispo abre fuego titulando su primer artículo en el blog “Foul Ball”, y dice: “Octubre es el mes en el que disfrutamos al máximo el punto más alto de nuestro pasatiempo nacional, especialmente cuando nuestros equipos están en la serie mundial; igual, Estados Unidos tiene otro pasatiempo nacional, y éste no gusta a todos: el anticatolicismo.
No es hipérbole llamar al prejuicio contra la Iglesia Católica un pasatiempo nacional. Estudiosos como Arthur Schlesinger Sr. se refieren a él ‘como la más arraigada tendencia en la historia del pueblo norteamericano’, mientras que John Higham lo describe como ‘la más excitante y tenaz tradición de la agitación paranoica en la historia de América’. ‘Es un antisemitismo de izquierda’, según lo ve Paul Viereck, y el profesor Philip Jenkins pone como subtítulo a su libro sobre el tema ‘el último prejuicio aceptable’.” Con estas palabras abre fuego el ingenioso Obispo. Y, sabemos, se ha echado encima un enemigo excesivamente poderoso y cuyos tentáculos se extienden por el mundo entero.
Pero el Arzobispo de N.Y. no abanica la brisa, y comienza por citar ejemplos concretos y pone cinco en total, en los que el Times ha mostrado una «indignación selectiva». “Así por ejemplo, dice, el 14 de octubre el diario denunciaba catorce casos de abusos sexuales de niños en una pequeña comunidad ortodoxa judía de Brooklyn en el último año. Según el prelado, la actitud del diario ante este caso no tiene nada que ver con la que en el pasado ha mantenido con la Iglesia católica, cuando se han dado estos abusos por parte de sacerdotes. El prelado reconoce que no tiene ni la intención ni el derecho de criticar a la comunidad judía, pero denuncia «ese tipo de indignación selectiva».
El hecho contrasta cuando el 16 de octubre se publicó en primera página, con todo un desarrollo interno (dando más espacio que a la guerra en Afganistán o el genocidio en Sudán) al triste caso de un franciscano que hace 25 años tuvo una relación concensuada, con una mujer adulta de la que nació un hijo”. Y el Arzobispo neoyorkino sigue por ese camino en su blog.
A los católicos les reserva unas palabras especiales: “nosotros los católicos ya somos bastante buenos para criticar a la Iglesia. Esto lo aceptamos y lo esperamos. Lo único que pedimos es que esa crítica sea justa, racional y acertada. Es lo que se espera para cualquier persona. La sospecha y los prejuicios contra la Iglesia se han convertido en un pasatiempo nacional que debería ser «suspendido por mal tiempo», concluye.
El País, nada publicó de los 2 millones de españoles que plantaron cara a Zapatero por su reforma a ley del aborto, que contempla que las menores de edad pueden acceder al aborto, aún sin saberlo sus padres; pero este lunes publica un artículo con el sugestivo título: ¡Niñas, el aborto no es un crimen!
Esta es lucha que la Iglesia sostiene y seguirá sosteniendo para abrirse camino en medio de la sospecha, de la duda y de la confusión que puede generarse, incluso
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