Como el hombre es un animal pretencioso y muy pagado de su propia importancia, la cumbre de Copenhague sobre el cambio climático se celebra bajo la perspectiva propagandística de que el objetivo es salvar el planeta cuando el propósito urgente debería ser salvar a la humanidad, que es la verdaderamente amenazada. El planeta se defiende solo y, en cuanto se modifiquen sus condiciones de habitabilidad, nos sacará de encima como si fuéramos una colonia de parásitos molestos. Lo ha hecho antes con otros animales más grandes y más fieros que nosotros, como los dinosaurios, y podrá volverlo a hacer con perfecta naturalidad (ya que lo natural es lo suyo propio) en un futuro próximo. Luego, seguirá girando en el espacio alrededor del sol durante miles de años hasta que el propio sol se abata sobre él y lo destruya definitivamente.Si fuéramos una especie sensata deberíamos ponernos rápidamente manos a la obra para evitar la catástrofe, pero la crisis ecológica coincide con una grave crisis económica y los jefes del corral (que lo analizan todo desde la premisa de mantener el poder a toda costa) no se atreven a poner en marcha las medidas que recomiendan los científicos, porque lo primordial es salvar primero al capitalismo. Y junto con el capitalismo (sea o no de Estado) el sistema de producción y consumo que ha contribuido decisivamente a provocar el cambio climático. La subordinación de unos intereses a los otros la expresó mejor que nadie el enviado especial del presidente de los Estados Unidos, que hará acto de presencia en la ciudad danesa dentro de unos días. Según dijo el señor Pershing, «queremos salvar el planeta y mejorar la economía». O, lo que es lo mismo, salvar los muebles del incendio y poner a buen recaudo los títulos de propiedad.
La evidencia del cambio climático parece una realidad fuera de toda duda, pero todavía existen poderosos grupos de intereses que la discuten. Recientemente, los medios dieron amplia difusión a una supuesta manipulación de los correos electrónicos de unos científicos de una universidad norteamericana en los que, al parecer, se exageraban las consecuencias de ese fenómeno para impresionar a la opinión pública. Y, en España, que es uno de los países europeos más directamente afectados por la desertización, no faltan dirigentes políticos que lo toman a broma. Todos recordaremos que el ex presidente del Gobierno señor Aznar organizó conferencias en la fundación FAES para poner en cuestión los efectos perjudiciales del cambio climático. Y que el señor Rajoy, que es aspirante a ocupar la misma plaza, invocó la supuesta opinión de un primo suyo, experto en la materia, para hacer algo parecido. El episodio resultó bastante divertido porque el primo negó haber dicho semejante cosa y don Mariano, que es de Pontevedra y está acostumbrado a los repentinos cambios de tiempo, sacó el paraguas para librarse del chaparrón de críticas que le cayó encima.
Mirar para otro lado, cuando a uno no le gusta el panorama que tiene ante los ojos, es una tentación comprensible, pero no sirve de nada. La comunidad científica mundial viene aportando datos incontestables sobre la existencia del calentamiento global, que seguramente precederá a una nueva glaciación. Los polos se deshielan, los glaciares se licúan, la nieve desaparece de las montañas más altas, y el aumento del CO2 presenta el índice más alto en los últimos 80.000 años, cambiando la química de los océanos y amenazando la subsistencia de los peces. Pensar que mientras exista la Liga de Fútbol y El Corte Inglés estamos a salvo de cualquier contingencia parece una solemne tontería.
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