martes, 8 de diciembre de 2009

HISYORIA, VERDAD Y LIBERTAD

No se puede conocer la realidad del presente sin tener conocimiento de los hechos del pasado que han confluido en ella. En estos días ha salido a la luz un nuevo libro del historiador Julián Casanova en colaboración con Carlos Gil Andrés, titulado “Historia de España en el siglo XX”, en el que los autores muestran, desde el rigor científico y la honradez intelectual, una panorámica de la historia de España en un período en el que la distorsión y la manipulación han presidido la narración de los hechos políticos y sociales durante muchos años.

Confieso que, a pesar de haber supuestamente estudiado historia en mis años de estudiante (desde la enseñanza primaria, pasando por la secundaria, más un año de Universidad), sólo he aprendido historia desde que me interesé personalmente en leer, buscar información y aprender, de fuentes objetivas, una realidad que se me contó informe y absolutamente manipulada.

La historia que me enseñaron en la escuela era una historia falsa, maniquea y engarzada al servicio de unos intereses que vetaban cualquier narración de los hechos desde otro punto de vista que no fuera el heredado del franquismo y de sus mezquinos intereses. Los de mi generación, los que vivimos en la infancia el cambio de régimen, recordarán los modos burdos que tenían en la escuela para simular que nos enseñaban mucho sin enseñarnos nada, o, lo que es peor, para enseñarnos mentiras, infundios y falacias.

Recuerdo horas y horas dedicadas, en distintos cursos de la primaria, a explicarnos los helechos y su manera de reproducirse; creo que hasta incluso llegué a soñar con ellos más de una vez, y en mi mente infantil apareció una especie de “mitología de los helechos” por la que daba por cierto que aquella planta tenía que ser una especie de semi-dios, a la vista del tiempo y la energía que se dedicaba a su estudio. Algo parecido ocurría con los Reyes Católicos, de los que, para ser sincera, acabé hasta la coronilla y de los que, intuía, la realidad tenía que ser diferente a lo que me contaban, por aquello de “explicación no pedida, inculpación manifiesta”.

Recuerdo, igualmente, las visitas semanales del cura para imponer la única “moral”admitida, esa moral que rechazaba a los diferentes, que constreñía a mínimos la libertad humana, que rechazaba la alegría y la felicidad, y que contribuía a crear ciudadanos clones para los que “pensar” era poco menos que pecado. No olvido una pregunta que le hice al cura poniéndole en un verdadero “brete”, y recuerdo su respuesta: “¡niña, esas preguntas no se hacen, hay que tener fe, y tener fe es creer en lo que yo te diga, lo entiendas o no, y no pensar en nada más.”!.

Y recuerdo los dictados diarios de textos insufribles de Pemán, Campoamor o Francisco Acuña..., y recuerdo estudiar a Galdós sin que nadie me contara que era republicano y que en su obra denunciaba con pasión las tiranías políticas, sociales y religiosas.... He necesitado años de lecturas, de inquietud personal y de esfuerzo extra para “desaprender” las mentiras y las verdades deformadas con que me adoctrinaron, y para despojarme de esos esquemas rígidos y ateridos con los que, en realidad, el poder de la época ejercía su control social.

Por todo ello, la obra de historiadores como Julián Casanova, que revisan el pasado reciente de España desde la honestidad y la objetividad intelectual, es como “agua de mayo” para este país que no ha sido aún capaz de desligarse del todo de tantas mentiras históricas heredadas, y que ha pasado muchas décadas “sediento” de verdad. El mismo historiador, en una entrevista reciente en el diario Público, afirma que “la historia no nos hace más felices, pero sí más libres”. Aunque yo añadiría que la felicidad y la libertad son conceptos muy relacionados.

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