En el capítulo de las curiosidades humanas, una de las rarezas a las que menos explicación encuentro es la fascinación que ciertos personajes monstruosos ejercen todavía hoy sobre muchas personas que, por lo demás, son o aparentan ser perfectamente normales. Cuando en mayo de 1945 los soviéticos entraron el búnker de Hitler encontraron medio calcinados los cadáveres de Hitler, Eva Braun, Goebbels y su familia. Lo primero que las autoridades soviéticas decidieron evitar es que el lugar se convirtiera en centro de peregrinación de simpatizantes del nazismo, así que trasladaron los restos y los enterraron en otro emplazamiento secreto. Lo segundo fue reconstruir lo que había ocurrido en aquel búnker los días previos a la muerte del dictador, para evitar malentendidos posteriores. La versión de los soviéticos, supervisada por el servicio secreto aliado –en concreto por el oficial Hugo Trevor-Roper, quien después escribió un libro magnífico titulado Los últimos días de Hitler, en el cual está basada, más o menos, la famosa película alemana de 2004 El hundimiento, de Olivier Hirschbiegel–, hoy generalmente aceptada, es la del suicidio de los últimos jerarcas nazis que permanecieron en el búnker.
¿Por qué tantas precauciones? Los soviéticos y el resto de los aliados sabían que la muerte de Hitler no acababa con su poder de fascinación póstumo, sino que lo acrecentaba, convirtiéndolo en un mito.
Ahora se ha sabido que los soviéticos desenterraron en 1970 los restos que ellos mismos habían enterrado en forma secreta en la ciudad de Magdeburgo, recogieron muestras de la mandíbula y el cerebro de Hitler y destruyeron los demás restos de forma definitiva. Esos restos de Hitler todavía se guardan en Moscú, en los archivos del Servicio Federal de Seguridad de Rusia. Esa noticia se ha hecho pública al mismo tiempo que se ha sabido que a través de ebay se subastaban unos pretendidos restos de Mussolini, obtenidos tras su autopsia en Milán.
Es obvio que demostrar la autenticidad de unos y otros restos es bastante difícil hoy en día: se puede obtener su ADN, pero ¿con qué compararlo? Al margen de su validez y su interés para los historiadores, que ambos hechos sean noticia y que alguien esté dispuesto a subastar semejante "material" por Internet no hace más que demostrar cómo hay mucha gente que siente una fascinación morbosa por ambos criminales de la Historia. ¿Qué tienen los asesinos que despiertan tal interés? Y no me refiero a asesinos normales y corrientes que han suprimido a un número pequeño de seres humanos, sino a los responsables de grandes matanzas y genocidios sólo comparables a los cometidos por Stalin desde el bando ganador.
El mal en su estado más puro –si Hitler, Stalin, Franco o Mussolini no lo encarnan, no lo puede encarnar nadie en este mundo– ejerce un poder de seducción que destapa las pasiones más bajas del ser humano. Cuando pensemos que no entendemos la capacidad del ser humano para hacer daño a otro ser humano, bastará que recordemos que si alguien ha pretendido vender un trocito del cerebro de Mussolini es porque esperaba contactar con alguien que pagara una fortuna por él.
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