jueves, 12 de marzo de 2009

El carnaval que marcó mi vida

La copla decía: "Diecisiete de febrero, domingo de carnaval. Cogieron a La Moni con la capa colorá. A la siete de la tarde nos cogieron a los ocho. Nos pusieron en cueros y nos metieron en el calabozo". Con esta letra inventada, Juan Rodríguez Sampedro y sus amigos vuelven a febrero de 1963 y a la cárcel de Huelva, donde ingresaron por ser homosexuales en aplicación de la Ley de Vagos y Maleantes.

Era noche de carnaval cuando el grupo de amigos organizó una fiesta en la casa de uno de ellos. "Con el consentimiento de mi madre", asegura el anfitrión, aprendiz entonces del escultor León Ortega, quien nos recibe en su domicilio colindante a uno de los muros de la vieja cárcel donde estuvo preso. Sin embargo, dice tajantemente que no quiere "recordar esa historia". Ni siquiera para mover los papeles que le permitirían cobrar por parte del Estado, en aplicación del artículo 4 (Declaración de reparación y reconocimiento personal) de la Ley de Memoria Histórica, una indemnización económica que va entre los 4.000 euros (desde un mes a seis meses en prisión) y los 12.000 euros (desde seis y un día hasta menos de tres años). Tenía entonces 19 años.

Juan Rodríguez Sampedro tenía la misma edad. Le condenaron a seis meses de encierro, dos de ellos en la cárcel de Huelva, y el resto en tránsito por varios centros hasta acabar en el penal de Valencia y un año de destierro sin poder volver a su ciudad. "Me tacharon de vago; a mí, que llevaba desde los 14 años trabajando limpiando coches", repite una y otra vez con ira. Lo hace mientras entra, después de 43 años, de nuevo a la cárcel de Huelva para elaborar este reportaje.

Ya en la galería principal, al ver en la segunda planta su celda con el número 23 aún pintado en la puerta, se desmorona y empieza a llorar porque se le agolpan los recuerdos y revive el dolor de unos hechos que le marcaron para siempre su vida. "Éramos unos chiquillos inocentes. Nos rompieron en dos", afirma mirando cada esquina, como el que busca algo perdido, de la celda de nueve metros cuadrados en la que vivieron los seis amigos. "¡Escuchad el sonido del cerrojo! No ha cambiado", exclama mientras que con sus manos cierra y abre el enorme cerramiento de metal que retumba en el vacío de la dejada galería. "Cada vez que sonaba me ponía a temblar", concluye mientras se limpia las lágrimas del rostro.

Destierro

"Lo que más me dolió fue que me desterrarán de mi tierra", cuenta Juan a dos internos del Tercer Grado que se acercan a ver qué hace por las galerías desiertas y abandonadas. Hay restos de muebles, algún recorte de periódico, carteles de lugares exóticos o de mujeres desnudas. El centro lleva cerrado desde el año 1997 y mantiene una sola área en servicio para presos en régimen abierto.

Su destierro, ya voluntario, aconteció cuando tenía 40 años, ya que, tras lograr la libertad en Valencia, se marchó a Barcelona, donde se asentó y formó pareja con un onubense llamado Manolo. Con 55 años regresó a su tierra natal con la cabeza muy alta por haber recuperado su vida y poder vivir legalmente con el que llegó a ser su marido. Hoy, a sus 65 años, y viudo, es el único del grupo al que no le importa poner nombre y rostro a esa trágica noche de carnaval. "Uno se había disfrazado de gitana, yo de Carmen Miranda con mis frutas en la cabeza No hacíamos nada malo", dice como si, a pesar del tiempo transcurrido, aún hoy tuviera que justificarse.

Aquella lejana noche, un compañero del grupo planteó salir a la calle a seguir la fiesta. Una vez en ella, por el barrio de Las Colonias, se dieron cuenta de que una pareja de policías armados les estaba esperando tras ser denunciados por un vecino y el cura de la barriada. La policía sólo logró detener a uno de ellos, conocido como La Moni. A este, un artista de variedades, le exigió que delatase al resto. Y así lo hizo. "No le guardo ningún rencor porque éramos unos chiquillos y todos hubiéramos hecho lo mismo", dice Juan. Una vez todos en comisaría les obligaron a firmar un papel y a permanecer una noche en el calabozo.

Al día siguiente les reclamaron los disfraces y les exigieron, argumentando que era un mero formalismo, que se volvieran a poner los trajes para una foto y dar por zanjado el asunto. "Y lo hicimos, pero ya como unos esperpentos porque habíamos perdido las flores, las frutas, los collares de los disfraces", dice con un toque de vanidad y de humor a la vez que exclama: "¡Qué inocentes!". El trámite ya estaba completado y al grupo lo enviaron preso a la cárcel de Huelva el 28 de febrero aplicándoles la ley con la siguiente sentencia: "Cogidos en la vía pública no con el atuendo propio del sexo masculino".

El primer recuerdo de Juan al llegar a la cárcel es la manta y el latón que le dieron para la comida, "nos trataban como perros". La cárcel de Huelva se construyó durante la dictadura de Primo de Rivera y en su interior había, sobre todo, presos y delincuentes comunes. A partir de los años sesenta empieza a recibir de forma organizada presos por su condición sexual, pero será en los setenta cuando se convierta en una de las prisiones especializadas en acoger a este tipo de presos sociales.

Juan recuerda anécdotas a medida que va en busca de los espacios y sitios donde pasaban las largas horas del día: la sala de funcionarios que le tocaba ordenar y limpiar, o el patio para menores donde salían a pasear o a tomar el sol Cuenta cómo se hacían el rímel quemando el plato de latón con un cerillo y mezclando el teñido con jabón o cómo pasaban entre el resto de los presos moviendo el cuerpo y con andares como si llevarán tacón cuando tocaba el recuento.

"Recuperar la dignidad"

"Aparecían los primeros rayos y nos decíamos: niñas nos vamos a Punta [por la playa onubense de Punta Umbría]; nos quitábamos las camisas, para provocar y para tomar el sol". Y, por primera vez, con este recuerdo se ríe abiertamente. "Llegamos a una conclusión: nos han metidos por mariconas así que a mariconear", dice con especial orgullo por haber sido capaces de enfrentarse al mismo régimen que les prohibía, incluso, vivir entre rejas su orientación sexual.

El presidente de la Asociación de Expresos Sociales, Antoni Ruíz, insiste en la importancia de recordar este episodio negro y reciente de la historia de España porque supone "recuperar la dignidad", a la vez que sirve para que "la sociedad avance". Sólo han pasado 30 años desde que el Parlamento español despenalizó la homosexualidad en España. Juan, posiblemente, también quiere recordar para no olvidar.

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