miércoles, 13 de mayo de 2009

LO ‘ÉTNICO’ CONTRA LO ‘ÉTICO’

Una especie de ideología retrógrada, que mira hacia el pasado, prospera en el mundo. Su idea: lo ‘sagrado’ de la identidad hace a un lado al individuo.

Alguien escribió que “lo étnico está acabando con lo ético”. El fundamentalismo en la afirmación de las ‘culturas’, la imposición política del vago concepto de ‘pueblos’ y la reivindicación de prácticas de todo tipo en nombre de la identidad, enfrentan a la dignidad del hombre con la ‘tiranía de lo antiguo’, y devalúan el concepto de persona en beneficio de la “inhumanidad” escondida en la adoración a fetiches colectivistas.

Castigos denigrantes se justifican en nombre de un hipotético derecho consuetudinario, cuyas raíces autóctonas son dudosas por el origen mestizo de las sociedades. Triunfa la teoría de que lo ‘ético’ debe someterse a los dictámenes de lo ‘étnico’, que el individuo no interesa sino como parte de un ‘pueblo’. Que los derechos no nacen de la condición del individuo sino de su dependencia de la colectividad. Que la condición humana debe ponerse al servicio de la resurrección de una ‘cultura’. El sofisma de moda es que el hombre existe solo como apéndice de la comunidad.

Según esos dogmas, ya no es importante la libertad, sino la adhesión a un dictamen colectivo. La libertad es ‘peligrosa’ porque los hombres libres cuestionan a los tabúes en que vive anclada la sociedad tribal. La teoría tras la que se alinean algunos intelectuales que renunciaron a la crítica, es que en nombre de la ‘cultura autóctona’ se pueden limitar los derechos y crear poderes absolutos. Así, la justicia se tergiversa y se carga de ideología.

Pero, ¿son tan sagradas las culturas?, ¿puede la condición humana condicionarse para conservar identidades, preservar prácticas viejas y transformar a la nostalgia de la ‘edad de oro’ en el factor esencial de la sociedad? ¿Es legítimo que la antropología condene al atraso a la gente? Lo cierto es que una especie de ideología retrógrada, que mira hacia el pasado, prospera en el mundo. El argumento central de ese pensamiento es lo ‘sagrado’ de la identidad, que reemplaza a lo ‘sagrado’ del individuo.

Los nacionalismos pertenecen a la lógica que superpone la nación o el ‘colectivo’ a las personas. Esos conceptos, que suscitan adhesiones casi religiosas, provocan la uniformación de lo humano y generan intolerancia bajo la idea de que lo fundamental es el derecho a exaltar las visiones ideológicas del ser nacional y a imponerlo incluso a los disidentes.

Tras esto hay una falsa ‘moral de identidades’, una consigna totalitaria inspirada en aquello de que quien no se une a la marcha de la multitud, quien no canta el himno, no es hombre con derechos o, al menos, es sospechoso de traición. Empieza a ser verdad que lo ‘étnico está acabando con lo ético’. Basta mirar los conflictos del mundo y la afirmación de nacionalismos de toda suerte, de concepciones étnicas que exaltan fetiches, y afirman razas y costumbres con dogmatismo casi religioso.

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