Llegará un día en que nuestros hijos, llenos de vergüenza, recordarán estos días extraños en los que la Honestidad más simple era calificada de coraje. Yevgeny Yevtushenko (poeta ruso)Casi no faltan evidencias para percibir que no la podemos pasar, que se ha ido, o mejor, que le hemos dejado escapar a golpe de indiferencia. Sólo tenemos que mirar nuestro entorno para percatarnos de que ya no está con nosotros, menos entre nosotros.
Aquellos que de escolares un día llevamos a nuestro hogar (bien podía ser un tuquito de lápiz), que no pudimos dar a nuestros padres buenas razones de posesión tras un serio interrogatorio y nos hicieron regresarlo al amiguito a la “velocidad de la luz”…Esas maneras de nuestros padres y abuelos se fueron con ellos porque las dejamos ir. Honestidad ya no es más una palabra sonada entre nosotros, ahora se acude al vocablo para evidenciar su lastimosa carencia.
En el día a día uno asalta y es asaltado por actitudes, las más veces inexplicables que hielan la sangre. Una respuesta inconsecuente con un comportamiento, una relación fallida “a pesar de”, un comentario fuera de lugar, una orden sin objetivo, una velada mentira a sabiendas del agravio, una agresión sin causa que la provoca, un despojo de las razones por evidente que se haga el despojo ; todas estas, parte de una interminable lista de sucesos donde la honestidad, brilla por su ausencia.
Lo más peligroso y alarmante: la honestidad ya no se apodera ni de los espíritus más elevados, poco a poco ha ido dejando de ser una herramienta para la vida. No es ésta una visión catastrófica aún porque tenemos la convicción de que en el pueblo hay reservas de honestidad y un sentido de urgencia que crece.
Si bien es cierto que los valores no son unos más que otros en términos cualitativos, sino complementarios en el accionar y la ejecución de las realizaciones de la persona y la sociedad, la honestidad guarda una muy estrecha relación con el pensamiento, su evolución y la conducta en las relaciones, desde que la llamada civilización se organizaba.
Sócrates (470 a. C. - 399 a. C.) fue de los primeros en tratar de despejar el significado de la honestidad con una visión adelantadamente holística. Más tarde los filósofos kantianos incluían el concepto “en la búsqueda de principios éticos generales que justificasen el comportamiento moral”.
Confucio, en otra parte del mundo, concebía en su ética diferentes niveles de honestidad donde la bondad, la reciprocidad y la justicia en el nivel más profundo eran pilares del comportamiento, abandonando el interés particular, cediéndole paso a códigos tan simples hoy como el aspirar a tratar como uno gustaría ser tratado.
Modernamente el concepto de honestidad se nutre de muchas fuentes del pensamiento. Entre estas fuentes importantes por su diseminación, llegan a nuestros días las ligadas al sentimiento teológico-religioso: “Camina en su integridad el justo; sus hijos son dichosos después de él” Proverbios 20:7. La sagrada Biblia, El Corán y otros libros fundacionales sustento de la Fe, son abundantes en señalamientos que tocan el valor honestidad.
Sin embargo, a pesar de que la honestidad ha ocupado una buena parte de los estudios y vidas de ilustres adelantados del pensamiento, su práctica se ve entorpecida por los muros que hemos ido levantado con falsas a veces y otras insuficientes y aprendidas premisas, en la búsqueda de una vida más fácil y sin ataduras, a un precio que, sin dudas, ya estamos pagando.
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