Dos décadas han pasado de la caída del Muro de Berlín y de la desaparición de las sociedades socialistas del este europeo, y la historia no ha terminado. No se ha cumplido la profecía de Fukuyama. El fin de la historia parece estar cada vez más lejano, porque nuevos fenómenos han surgido en el mundo luego de concluir la llamada "Guerra Fría" entre occidente y el bloque soviético. Si bien se produjo una derrota del llamado "socialismo real" y el desplome de la primera gran revolución obrera y campesina de la historia, luego de que la perestroika y el glasnost se le fueran de las manos al líder reformista Mijail Gorbachov y se desataran acontecimientos que derivaron en la desaparición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el mundo siguió girando y la izquierda, en otras presentaciones, pudo sobrevivir. Hoy la principal potencia del mundo tiene otras preocupaciones prioritarias. Por ejemplo, el islamismo, que se ha convertido en el principal dolor de cabeza de los norteamericanos porque viene conquistando espacios cada vez mayores en Asia, África e incluso Europa. Pero América Latina también sigue siendo un área crítica para Estados Unidos.
Y allí no es precisamente el islamismo lo que perturba a la Casa Blanca y a los otros factores de poder. Mientras en el mundo europeo se venía abajo la experiencia socialista de partido único, de severas restricciones a las libertades individuales y de ausencia absoluta de espacios para la crítica y la disidencia, en nuestra región la presencia de gobiernos alejados del compromiso de atender las necesidades prioritarias de las grandes mayorías, inundados por la corrupción y comprometidos dogmáticamente con planteamientos neoliberales que pretendían que el Estado se convirtiera en un mirón de dominó, o sea de palo, comenzaron a ceder espacios a opciones identificadas con una propuesta de izquierda.
Por eso los triunfos electorales de Hugo Chávez en Venezuela, de Luiz Inácio Lula Da Silva en Brasil, de Evo Morales en Bolivia, de Rafael Correa en Ecuador y de Fernando Lugo en Paraguay, de Tabare Vásquez en Uruguay, de los peronistas "progre" Néstor y Cristina Kirchner en Argentina. Por eso el giro hacia posturas de centroizquierda del gobierno de Manuel Zelaya en Honduras, luego derrocado por un golpe militar. Cada uno de estos mandatarios llegaron al poder porque en el seno de las sociedades de sus países se agotó el modelo político tradicional. Algunos de ellos, como los de Venezuela, Bolivia y Ecuador, hablan más claramente de su compromiso con el socialismo, y aunque lo llamen "del siglo XXI" siguen sin definirse claramente sus características.
La ausencia de debate con respecto a la esencia de ese modelo hace temer que su suerte termine siendo similar a la que corrieron las sociedades socialistas del este europeo, porque, y hablo específicamente de Venezuela, algunos de los vicios del socialismo real comienzan a reproducirse. Por ejemplo, el surgimiento de una burocracia que anula la crítica, que busca la incondicionalidad por encima del compromiso real. La sustitución de élites políticas y económicas, el modelo de partido que se funde y se confunde con el Estado, la creciente intolerancia hacia el pensamiento diverso en cualquier espacio social, y la promoción del culto a la personalidad.
Todos estos elementos, a la larga, terminan por ahogar la posibilidad de identificar la idea socialista con la verdadera democracia, con la diversidad y con un modelo económico en el cual el Estado juegue un papel de primer orden pero sin eliminar los espacios necesarios para la iniciativa privada.
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